CIUDADANO CERO

Gris

Gris

 

Hace meses que no duermo, me fumo un cigarro y prendo el telediario que termina hastiándome, el foco centelleante del techo me enfurece, también el aire que se cuela sin piedad entre la maltrecha ventana del edificio, tomo mi viejo libro, ya casi a pedazos, con su pasta roída y las hojas amarillentas vuelto a la lectura, me apaciguan un poco, tengo sed pronto será el día que toda la nación me vera a los ojos como su libertador.

Limpio con  mi puño el empañado espejo del baño, miro al sujeto que tengo enfrente, tiene el mentón fuerte y una espesa barba marrón, la mirada extraviada, y una palidez que asombra. Tomo  la navaja y comienzo el lento ritual para limpiar mi rostro, primero por la izquierda, de arriba abajo y un puñado de bellos cae arremolinándose en el lavabo, llevo el afilado artefacto por mi cuello, el roce es tan suave, casi como una caricia, el agua caliente y vuelvo a mirar el espejo de reojo antes de salir; ahí esta él con su rostro inamovible, y esa mirada que me escudriña, tengo un ligero escalofríos, empaco mis cosas, salgo del horrendo edificio con dos valijas y un paraguas en las manos, la tarde amenaza tormenta.

Llego a un hostal empapado por la lluvia, la puerta de madera cruje al abrirla, al fondo un mostrador pintado de un horrible tono de verde, un tipo ya entrado en años, con el pelo corto y gris, y unas gafas gruesas de armazón ridículo me da la bienvenida, le pido una habitación con ventana a la avenida, mientras el recepcionista llena unos datos y me mira extrañado

         –vaya con esta lluvia, está usted todo mojado,  le caerá bien dormir amigo.

Contesto de mala gana que sí, ¿cómo se atreve a llamarme amigo, si no me ha preguntado mi nombre? Pienso, mientras él continua hablando del mal tiempo en la ciudad, le exijo mi llave, estoy harto de la voz de este sujeto, de su soliloquio exasperante, me comienza a doler la cabeza, le vuelvo a pedir la llave con tono  fuerte pero sin expresar ira, el tipo esboza una sonrisa que me irrita aún más, me mira de arriba abajo, y me entrega la llave

         – ¿ha encontrado usted algún defecto que me incapacite para ser su huésped? Comente con desaire, mientras me esforzaba en mirar directamente sus ojos atreves de sus gruesas gafas, pequeños y tímidos como los de un ratoncillo, se incomoda con mi mirada.

        —usted tan parco y distante me recuerda al “hombre del traje gris”, la canción de Sabina, me dice, mientras coloco el importe exacto sobre el mostrador, camino despacio, ya dándole la espalda giro levemente la cabeza

         –es lo que me han dicho algunas veces amigo, le contesto con una mueca burlona en mi rostro, subo las escaleras y entro en la pequeña habitación, esperando dormir unos minutos.

 

Hoy he decidido que ha llegado el momento, no tiene ya ningún caso postergarlo más, miro a la calle, el sol parecía no tener prisa por salir este día, la gente va y viene sin mucho ánimo, la mañana es muy fría, así que he decidido ponerme una chaqueta, la prensa y las fotos son importantes, y a estos tipejos les hace falta un escarmiento.

De mi valija pequeña saque una escopeta, coloque lentamente las municiones, limpie el cañón con un paño, ajuste la mira, mientras pasaban por mi mente imágenes intermitentes de mi niñez, coloreadas en tonos de rojo y amarillo, como un fugaz cuadro de Renoir, las imágenes no cedían, tambaleantes se repetían en ciclos monótonos y de vez en cuando se filtraban voces ajenas, conversaciones que nunca tuve, palabras claramente identificables, personas que tal vez conocí, y en un momento me vi hablando tan fuerte para obligarlos a entender mis ideas, me contestan en susurros, citan a escritores muertos, y me niego a rendirme, les hablo a su nivel, con una voz ahora tan suave que casi se pierden las palabras en el aire

         –tengo que ayudarles, a liberarles de su Dios que les exige demasiado y nada les devuelve, de su gobierno que únicamente les pisa con mayor fuerza el cuello, de sus propias vidas que ya carecen de sentido, de su esperanza que nació muerta, les dije a los espectros vocales que surcaban la habitación, enfadado por su falta de cooperación tuve que esforzarme en concentrarme y entonces dispare…

 

Más de treinta disparos y fácilmente diecisiete cuerpos esparcidos en el adoquín de la calle principal, el caos del momento era hermoso, los gritos y el llanto espantó las voces y me quede sólo, y por la ventana el éxtasis visual en blanco y negro salpicado del delirante color rojo de la sangre, una verdadera delicia…

 

 

 

*Inspirado en la magnífica canción de Joaquín Sabina, “Ciudadano Cero” porque siempre he considerado y respetado a todos aquellos que se lanzan a quebrantar las normas, a romper la sociedad, independientemente de sus trastornos y motivos para cometer sus crímenes han de ser reconocidos como hombres  valientes que nublados por una psique disfuncional terminan haciendo lo que miles sólo nos conformamos con soñar já.

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~ por kukulcan en 21 Noviembre 2008.

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